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Vientos boreales

lunes, 16 de noviembre de 2015

Una nota de amor...

"Te pones el coralito y así evitamos que malos hombres te lleven". Eso le decían. Medio día se gastaba intentando ocultar el collar de los ojos de los curiosos que sabían su significado. Era una niña, pronto mujer que tenía demasiado fuego y el fuego es dañino en las mujeres que ya solas son peligrosas.


Antes y durante la imposición de su condena a llevar ese hilo de piedras naranjas, rojas y negras, se había resignado a no estar con nadie del pueblo, no la merecían. Porqué era la hija de la bruja, la satánica, la de ojos tristes. Rechazó cualquier chispa que quisiera prender. Cuando el fuego se contiene dentro de un área muy pequeña, abre paso una vez hay una grieta de libertad, y así ocurrió.

El primer beso le reventó el coralito. En una fiesta sin decir más, las luces se apagaron y dos manos gigantes se prendieron como arañas de las suyas, no gritó. Sitió un tronco, un corazón y un respiro que la acuñó en la esquina del salón y una lengua abrió sus labios y danzó en su garganta, salió y delineo su boca y le dió un pequeño mordisco en el cuello. Ella forcejeó, pero un hombro fuerte la volvió a aprisionar dulcemente en la pared. Esta vez una de las manos de la sombra le toco el cuello, el pecho y cuando tocó el coral lo haló y sin el menor ruido las cientos de piedras se deslizaron junto a la sombra por sus senos, el ombligo y  debajo de su primera falda.

Ante un movimiento brusco, la liberaron y la dejaron allí justo cuando las luces volvían a encenderse. Miró a todas partes buscando el agresor de manos grandes, pero todos parecían retornar de una pausa, nadie vio nada, nadie reía, nadie lo había notado. Pero ella sabía que era real, su coral no estaba y las piedras la miraban desde abajo.

Así comprendió que el collar apagaba lo que ella quería que alguien encendiera. Una sombra de hombros y manos grandes le acababa de dejar un sello, una ruta, un mapa. La sombra le había mostrado qué quería en el sexo, en el amor, en su vida. Quería fuego, chispa, misterio y sobre todo una sensación húmeda entre las piernas. Por eso montaba a caballo hasta que le dolieran las piernas, por eso le encantaba meterse en la corriente del río, por eso prendía fogatas, cientos en medio del bosque...

Era ella liberada del coralito, era ella entendiendo la forma en que iba a amar y se iba a pasar la vida entera buscando al cuerpo de la sombra, a la sensación que generaba su respiración, a la lectura que había hecho de su cuerpo, al liberarla, al dejarla ser. Ésa era la nota que le había dejado el destino, la pista que debía encontrar...

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