La puerta era más pesada que su vida, se abría y se demoraba casi un siglo. Cansado se recostó y pensó en que los días eran cada vez más largos. Recordó como detesta levantarse y que el transcurso del tiempo lo enfrente a su realidad: es un fracasado... Fundió la cara en la almohada como quien quiere desaparecer buscando la puerta a otro mundo. No sabía qué lo mantenía vivo, a veces vivir es muy extraño, necesitas más que tus signos vitales, es algo más que respirar. "Vivir más que lo que te dice el resto es difícil" - pensaba- la monotonía le da un molde a tu vida y finaliza por moldearte a ti también, la monotonía... "¿Qué puede ser más doloroso?" -Se preguntaba- Y esta era la primera a un sin fin de puertas disfrazadas de preguntas que lo llevaban a un mar de odio por sí mismo, era la rutina de todas sus noches... Odiarse hasta donde más lo soportara y luego se dormía.
Pérdido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que alguien lo observaba. De esas sombras que pasan sin que determines demasiado porque se cuelan por el rabillo del ojo y uno simplemente las extingue ignorándolas. Pero ésta era diferente, se quería quedar y lo miraba esperando a que él le correspondiera. Y así fue, la noche era diferente y no se alcanzó a hundir en sus lagos de tristezas, antes miro a su lado. Allí estaba... Un hombre borroso ¿o una mujer? era extrañamente atractivo; parecía adulto, mayor, y al mismo tiempo, por momentos, había una sensación de ternura, como cuando quieres besar a un niño y llevarlo de la mano. Lo miraba detenidamente con una risa confundida en ese rostro hermafrodita, él se trato de levantar y un dolor en el pecho le freno el respiro, el dolor era como sentir clavados mil cuchillos, dolía desde el estómago y se intensificaba como una quemadura en el pecho, era mejor no respirar; y entonces, pensó: ¿cómo voy a dejar de hacerlo? En ese mismo instante, la cama se hundía como cuando alguien se sienta a tu lado... Y su mano lo acariciaba, si hubiera visto la escena desde el frente podría jurar que lo curaba. Idea muy contraria, con cada caricia el dolor crecía de manera indescriptible, quería pedirle que no lo hiciera y sus palabras eran que continuara... La confusión era tan agobiante como el dolor.
Tan de repente como su aparición, habló o por lo menos eso creyó: "¿No lo vas a preguntar? si claro, no puedes, - suspiró- casi todas las respuestas las tienes tú." Y este replico a pesar de su dolor: -" ¿Eres la muerte?"
-" Hay cosas peores que la muerte" - respondió-
- "Me estoy muriendo, eso lo tengo seguro..."
- " Estas muerto hace ya un tiempo, los olvidos son voluntarios, tú quisiste olvidarlo... pero lo cierto es que si, te estas muriendo..."
- " ¿Entonces quién eres?"
- " Tú lo sabes... búscalo, encuentrame... el dolor cederá si lo sabes"
El dolor no lo dejaba pensar claramente, ¿qué había olvidado? En algún momento se preguntaba ¿qué era peor que la monotonía? y vivía la respuesta en carne propia, retrocedía en sus recuerdos y no lo encontraba. En un momento dejó de respirar y lo vio... No sabía en que momento su vida se había vuelto lo que era... De esta forma, entendió porqué los olvidos eran voluntarios y entonces el dolor le firmo una tregua corta : " Eres la causa de mis tristezas... ¿por qué estas aquí?"
- "Porqué soy cruel... eso dices tú, vengo a ver como te vas... poco a poco... Pero... ¿no me vas a dar las gracias?"
- " Si, valió la pena... Gracias..." Cerró los ojos y la sangre tocó el suelo. La figura borrosa retrocedió y desapareció.
Esa noche en las noticias publicaban su muerte. El más grande escritor se había clavado muchas veces en su estomago los cuchillos que sintió y según la investigación con sangre sobre la mesa firmó el asesino, allí se leía: El amor...
Alguien alguna vez se inventó que el infierno era caliente como el fuego... pero en la época de Stalin alguien definió el infierno como blanco, silencioso y mortal, bello y esclavizante, eterno, implacable... Fue un prisionero de guerra ruso Alexander Solzhenitsyn, hablaba de Siberia... Eso es lo que quiero, que hablen de sus infiernos todos los que tenemos dentro... y los que vemos fuera....
jueves, 12 de agosto de 2010
miércoles, 2 de junio de 2010
Cuento de un cuento...
La hechicera viajaba entre los valles buscando descanso, aunque se negaba a admitirlo se estaba sintiendo sola, allá, en su tierra donde debería existir la magia hacía mucho tiempo no había un sortilegio, estaba enclaustrada en su propio tormento, no hay peor condena que la que te permite escapar y no puedes, esos son los embrujos más potentes.
Cuento I:
Hacía miles de años, había decidido quedarse para esfumarse, como agoniza una estrella, cuya belleza le regala una agonía larga y tormentosa, vivía sin magia a pesar de ser una Hechicera...
Siguiendo su rutina tuvo la oportunidad de conocer otros rumbos y paso de los Valles a las imponentes montañas del oriente, allí buscaba aprender o encontrar su cura, decían que en las montañas del oriente se encontrarían los Seres Sabios, ellos venían del norte, bastante lejos. Estos brujos, les enseñarían el arte de aprender, cosa que pocos brujos y hechiceras sabían, hacía miles de años se habían creado las doctrinas y pocos o casi nadie se atrevían a contrariarlas, era un evento sin precedentes... ese fue el motivo de su viaje, una luz entre tanta oscuridad.
Las montañas del oriente quedan exactamente opuestas a los valles occidentales, es un viaje largo, crudo, frío y lento que solo quien no tiene nada que perder se atrevería a realizar. Aunque aislada en si misma, no estaba sola. El viaje sería emprendido acompañada por El sabio, responsable de los destinos de la región sur occidental, Gebo - como lo llamaban por el séptimo símbolo del alfabeto rúnico, esa precisamente era su insignia - impulsado por una sed de poder siempre había querido seguir hacía la ruta de los Seres Sabios, con ellos su esclavo el estúpido Or, un ser sin voluntad y sin la más mínima inteligencia, pero el único que había rondado alguna vez esas tierras. La hechicera, discípula de Gebo, su mejor estudiante buscaba una manera de encontrar luz para su vida y su tierra llena de soledad y tristeza, ese era el motivo del viaje...
La hechicera conocía las tierras de las montañas del oriente, pero su soledad y la enfermedad que llevaba por dentro, su imposibilidad de magia, le habían borrado recuerdos mágicos y poco a poco perdía voluntariamente todo cuanto ella alguna vez quiso, su enfermedad la estaba venciendo.
Gebo conocía el mal que acompañaba a la hechicera; de alguna forma la quería, de una manera extraña, pero en verdad la amaba, sabía que el viaje era importante sobre todo para ella... Gebo tenía un presagio y presentimiento: en las montañas del oriente encontrarían la cura, si, la de su pueblo y de la enfermedad de la Hechicera... Or, el estúpido, intuía que su amo la necesitaría más a ella que a él, Or no la quería y el viaje iba a ser la prueba de ello...
Iniciando el viaje, tendrían que ir hacía el norte de los Valles Occidentales, ese sólo era el comienzo de un arriesgado camino. Rad, quinto símbolo del alfabeto rúnico, era el nombre de un ser muy antiguo despreciado por su poco poder en comparación a su edad; era apenas más joven que Gebo, la Hechicera había decidido adoptar sus enseñanzas. Aunque era más bien algo donde el uno en apoyo del otro, eran amigos, y a pesar de ser mayor, Rad, tenía un extraño embrujo de juventud, parecía mucho menor, todas las iniciantes, muy jóvenes a la luz de las estrellas, caían en su trampa. Esa, era para los demás, lo más desagradable y al mismo tiempo lo más cautivador de Rad.
Los cuatro iniciaron su travesía para ver los Seres Sabios, se dirigían al caucayaco buscando su curso hasta donde se encañona, la enorme pero pasiva deidad de las aguas, agonizaba por la misma enfermedad del pueblo de la Hechicera, decían que ya no escogía enemigos, no distinguía entre buenos y malos, este era el primer gran obstáculo, el caucayaco divinidad máxima de los valles occidentales vigilaba las fronteras de estos.
Durante un tiempo estas fronteras fueron cuidadas de los extraños sortilegios que querían romper y llegar a las frías tierras del sur, lugar de los buenos y malos presagios, terrenos madres de la vida en toda la tierra. Ahora la enfermedad de los mágicos, seres destinados a la magia, la perdían; el estado más avanzado de la enfermedad era cuando se iban poco a poco; no sólo los sortilegios, que daban sentido a la existencia de estos seres; sino que además, su esencia como tal se perdía, se volvían vacíos e impredecibles. El grado de enfermedad más peligroso. Caucayaco , en una misma proporción a sus poderes como Dios máximo, caía de una manera más profunda, muchos decían que ya había muerto... pero ninguno que se atreviera a ir a averiguarlo regresaba para contarlo...
Cuento I:
Hacía miles de años, había decidido quedarse para esfumarse, como agoniza una estrella, cuya belleza le regala una agonía larga y tormentosa, vivía sin magia a pesar de ser una Hechicera...
Siguiendo su rutina tuvo la oportunidad de conocer otros rumbos y paso de los Valles a las imponentes montañas del oriente, allí buscaba aprender o encontrar su cura, decían que en las montañas del oriente se encontrarían los Seres Sabios, ellos venían del norte, bastante lejos. Estos brujos, les enseñarían el arte de aprender, cosa que pocos brujos y hechiceras sabían, hacía miles de años se habían creado las doctrinas y pocos o casi nadie se atrevían a contrariarlas, era un evento sin precedentes... ese fue el motivo de su viaje, una luz entre tanta oscuridad.
Las montañas del oriente quedan exactamente opuestas a los valles occidentales, es un viaje largo, crudo, frío y lento que solo quien no tiene nada que perder se atrevería a realizar. Aunque aislada en si misma, no estaba sola. El viaje sería emprendido acompañada por El sabio, responsable de los destinos de la región sur occidental, Gebo - como lo llamaban por el séptimo símbolo del alfabeto rúnico, esa precisamente era su insignia - impulsado por una sed de poder siempre había querido seguir hacía la ruta de los Seres Sabios, con ellos su esclavo el estúpido Or, un ser sin voluntad y sin la más mínima inteligencia, pero el único que había rondado alguna vez esas tierras. La hechicera, discípula de Gebo, su mejor estudiante buscaba una manera de encontrar luz para su vida y su tierra llena de soledad y tristeza, ese era el motivo del viaje...
La hechicera conocía las tierras de las montañas del oriente, pero su soledad y la enfermedad que llevaba por dentro, su imposibilidad de magia, le habían borrado recuerdos mágicos y poco a poco perdía voluntariamente todo cuanto ella alguna vez quiso, su enfermedad la estaba venciendo.
Gebo conocía el mal que acompañaba a la hechicera; de alguna forma la quería, de una manera extraña, pero en verdad la amaba, sabía que el viaje era importante sobre todo para ella... Gebo tenía un presagio y presentimiento: en las montañas del oriente encontrarían la cura, si, la de su pueblo y de la enfermedad de la Hechicera... Or, el estúpido, intuía que su amo la necesitaría más a ella que a él, Or no la quería y el viaje iba a ser la prueba de ello...
Iniciando el viaje, tendrían que ir hacía el norte de los Valles Occidentales, ese sólo era el comienzo de un arriesgado camino. Rad, quinto símbolo del alfabeto rúnico, era el nombre de un ser muy antiguo despreciado por su poco poder en comparación a su edad; era apenas más joven que Gebo, la Hechicera había decidido adoptar sus enseñanzas. Aunque era más bien algo donde el uno en apoyo del otro, eran amigos, y a pesar de ser mayor, Rad, tenía un extraño embrujo de juventud, parecía mucho menor, todas las iniciantes, muy jóvenes a la luz de las estrellas, caían en su trampa. Esa, era para los demás, lo más desagradable y al mismo tiempo lo más cautivador de Rad.
Los cuatro iniciaron su travesía para ver los Seres Sabios, se dirigían al caucayaco buscando su curso hasta donde se encañona, la enorme pero pasiva deidad de las aguas, agonizaba por la misma enfermedad del pueblo de la Hechicera, decían que ya no escogía enemigos, no distinguía entre buenos y malos, este era el primer gran obstáculo, el caucayaco divinidad máxima de los valles occidentales vigilaba las fronteras de estos.
Durante un tiempo estas fronteras fueron cuidadas de los extraños sortilegios que querían romper y llegar a las frías tierras del sur, lugar de los buenos y malos presagios, terrenos madres de la vida en toda la tierra. Ahora la enfermedad de los mágicos, seres destinados a la magia, la perdían; el estado más avanzado de la enfermedad era cuando se iban poco a poco; no sólo los sortilegios, que daban sentido a la existencia de estos seres; sino que además, su esencia como tal se perdía, se volvían vacíos e impredecibles. El grado de enfermedad más peligroso. Caucayaco , en una misma proporción a sus poderes como Dios máximo, caía de una manera más profunda, muchos decían que ya había muerto... pero ninguno que se atreviera a ir a averiguarlo regresaba para contarlo...
sábado, 29 de mayo de 2010
ciudad mágica

Rompió la puerta y saliendo maldecía. Miles de cristales le caían cortando y en cámara lenta pudo contar cada una de las heridas que los vidrios marcaron entrando en su cuerpo: fueron 25 las profundas y 12 las que menos sitio...
Nadie la ayudó, la dejaron sola, se le tiño el pelo de rojo sangre y se vio a sí misma en la calle, se arrastraba. No estaba dormida, tampoco soñaba, era ilógico que lo hiciera ella misma, odia las agujas, más aún los cristales, ¿qué paso? no cuenta que antes se lo rompió el corazón como el vidrio que perforo con ella misma, se usó de arma...
Nadie más la volvió a ver, se perdió en la inmensidad de una ciudad que no ve, no siente, no llora, no escucha, se la comen sus lamentos, una ciudad que llena de huecos, a una ciudad que ahoga sus muertos no bajo tierra, sino bajo los ruidos que no escuchan, ella se convirtió en uno de los muertos de la ciudad... uno de tantos... uno de los invisibles. Porqué los que vivimos y no la vieron aprendimos otro arte que te regala la ciudad: la capacidad de hacer magia... vuelves invisible a quien quieras... eso le pasó a ella, nadie la vio, nadie la ayudó y desapareció...
Nadie la ayudó, la dejaron sola, se le tiño el pelo de rojo sangre y se vio a sí misma en la calle, se arrastraba. No estaba dormida, tampoco soñaba, era ilógico que lo hiciera ella misma, odia las agujas, más aún los cristales, ¿qué paso? no cuenta que antes se lo rompió el corazón como el vidrio que perforo con ella misma, se usó de arma...
Nadie más la volvió a ver, se perdió en la inmensidad de una ciudad que no ve, no siente, no llora, no escucha, se la comen sus lamentos, una ciudad que llena de huecos, a una ciudad que ahoga sus muertos no bajo tierra, sino bajo los ruidos que no escuchan, ella se convirtió en uno de los muertos de la ciudad... uno de tantos... uno de los invisibles. Porqué los que vivimos y no la vieron aprendimos otro arte que te regala la ciudad: la capacidad de hacer magia... vuelves invisible a quien quieras... eso le pasó a ella, nadie la vio, nadie la ayudó y desapareció...
Siberia....
Melancólica, le chocan las luces de neón en la ventana de un bus, de esos que parecen fugitivos del cementerio de autos, estrella su mirada contra las imágenes que pasan frente a la ventana como la cinta de una película de cine mudo: Una chica algo linda esta en un poste mientras un hombre en la esquina más próxima la desnuda con la mirada... le es tan familiar... Al otro lado, un hombre hecho trapos maldice a un hombre en una farmacia, no le quiere "colaborar", es de esas limosnas que piden a mano armada... Más adelante ve como dos chicas algo jóvenes se besan, parecen amigas, ellas tienen la virtud de confundir todo lo que rodean, no se sabe que son, no hay pistas, no hay nada, son como invisibles visibles....
¿Cómo algo tan extraño puede volverse tan familiar? sobre todo en un mundo donde todo es normal, donde la capacidad de adaptarte es la que te reta, no es la ley del más fuerte, es la ley de la improvisación el mundo se hace, acomódate en él, y poco a poco nada es inusual, pero es cierto ya no le sorprende...
Siguiendo la cinta de la película pronto encuentra unos ojos iguales a los suyos, un rostro e incluso detecta la misma tristeza que la acompaña hace un tiempo, dicen que los humanos nacen con un lazo, de hecho es así, pero aunque lo rompan pervive la necesidad de y seguir atados a alguien, piensa que está sola que no pertenece a nadie, no le interesa hacia donde se dirige el bus, no va a ninguna parte a la que ella quisiera, es más no está, ella no quiere estar más... siguiendo su reflejo en la ventana una mirada de una mujer terriblemente blanca la mira, no la conoce, pero es como si algo le dijera que la conoce, mira para atrás y no ve a nadie, la ruta está por terminar, no hay nadie, excepto el remedo de chofer adelante.... la vuelve a mirar: siente frío... teme.... trata de ubicar el sitio de su película... no lo encuentra, ni la calle, ni las casas, ni nada... una frase la golpea la cabeza, "¿por qué el infierno debería tener fuego cuando la tristeza es lo más parecido al helado frío de Siberia?, ¿por qué piensas que sueñas si no sientes, porque piensas que piensas si te digo lo que no quieres escuchar?... No es la primera vez que la ve... teme y se da cuenta que no quiere estar... se baja de la ruta, trata de seguir triste como está hace un tiempo, al voltear la esquina... la vuelve a ver... no le queda más remedio que hacer lo más humano posible... ignorarla y seguir a pesar que le siente el aliento en sus espaldas.....
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