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Vientos boreales

miércoles, 2 de junio de 2010

Cuento de un cuento...

La hechicera viajaba entre los valles buscando descanso, aunque se negaba a admitirlo se estaba sintiendo sola, allá, en su tierra donde debería existir la magia hacía mucho tiempo no había un sortilegio, estaba enclaustrada en su propio tormento, no hay peor condena que la que te permite escapar y no puedes, esos son los embrujos más potentes.

Cuento I:

Hacía miles de años, había decidido quedarse para esfumarse, como agoniza una estrella, cuya belleza le regala una agonía larga y tormentosa, vivía sin magia a pesar de ser una Hechicera...

Siguiendo su rutina tuvo la oportunidad de conocer otros rumbos y paso de los Valles a las imponentes montañas del oriente, allí buscaba aprender o encontrar su cura, decían que en las montañas del oriente se encontrarían los Seres Sabios, ellos venían del norte, bastante lejos. Estos brujos, les enseñarían el arte de aprender, cosa que pocos brujos y hechiceras sabían, hacía miles de años se habían creado las doctrinas y pocos o casi nadie se atrevían a contrariarlas, era un evento sin precedentes... ese fue el motivo de su viaje, una luz entre tanta oscuridad.

Las montañas del oriente quedan exactamente opuestas a los valles occidentales, es un viaje largo, crudo, frío y lento que solo quien no tiene nada que perder se atrevería a realizar. Aunque aislada en si misma, no estaba sola. El viaje sería emprendido acompañada por El sabio, responsable de los destinos de la región sur occidental, Gebo - como lo llamaban por el séptimo símbolo del alfabeto rúnico, esa precisamente era su insignia - impulsado por una sed de poder siempre había querido seguir hacía la ruta de los Seres Sabios, con ellos su esclavo el estúpido Or, un ser sin voluntad y sin la más mínima inteligencia, pero el único que había rondado alguna vez esas tierras. La hechicera, discípula de Gebo, su mejor estudiante buscaba una manera de encontrar luz para su vida y su tierra llena de soledad y tristeza, ese era el motivo del viaje...

La hechicera conocía las tierras de las montañas del oriente, pero su soledad y la enfermedad que llevaba por dentro, su imposibilidad de magia, le habían borrado recuerdos mágicos y poco a poco perdía voluntariamente todo cuanto ella alguna vez quiso, su enfermedad la estaba venciendo.

Gebo conocía el mal que acompañaba a la hechicera; de alguna forma la quería, de una manera extraña, pero en verdad la amaba, sabía que el viaje era importante sobre todo para ella... Gebo tenía un presagio y presentimiento: en las montañas del oriente encontrarían la cura, si, la de su pueblo y de la enfermedad de la Hechicera... Or, el estúpido, intuía que su amo la necesitaría más a ella que a él, Or no la quería y el viaje iba a ser la prueba de ello...

Iniciando el viaje, tendrían que ir hacía el norte de los Valles Occidentales, ese sólo era el comienzo de un arriesgado camino. Rad, quinto símbolo del alfabeto rúnico, era el nombre de un ser muy antiguo despreciado por su poco poder en comparación a su edad; era apenas más joven que Gebo, la Hechicera había decidido adoptar sus enseñanzas. Aunque era más bien algo donde el uno en apoyo del otro, eran amigos, y a pesar de ser mayor, Rad, tenía un extraño embrujo de juventud, parecía mucho menor, todas las iniciantes, muy jóvenes a la luz de las estrellas, caían en su trampa. Esa, era para los demás, lo más desagradable y al mismo tiempo lo más cautivador de Rad.

Los cuatro iniciaron su travesía para ver los Seres Sabios, se dirigían al caucayaco buscando su curso hasta donde se encañona, la enorme pero pasiva deidad de las aguas, agonizaba por la misma enfermedad del pueblo de la Hechicera, decían que ya no escogía enemigos, no distinguía entre buenos y malos, este era el primer gran obstáculo, el caucayaco divinidad máxima de los valles occidentales vigilaba las fronteras de estos.

Durante un tiempo estas fronteras fueron cuidadas de los extraños sortilegios que querían romper y llegar a las frías tierras del sur, lugar de los buenos y malos presagios, terrenos madres de la vida en toda la tierra. Ahora la enfermedad de los mágicos, seres destinados a la magia, la perdían; el estado más avanzado de la enfermedad era cuando se iban poco a poco; no sólo los sortilegios, que daban sentido a la existencia de estos seres; sino que además, su esencia como tal se perdía, se volvían vacíos e impredecibles. El grado de enfermedad más peligroso. Caucayaco , en una misma proporción a sus poderes como Dios máximo, caía de una manera más profunda, muchos decían que ya había muerto... pero ninguno que se atreviera a ir a averiguarlo regresaba para contarlo...

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